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Decir que Rubén Sosa es un crack no alcanza para definirlo. Delantero de punta de lujo, el exídolo de Nacional, de la Lazio, del Inter de Milan y del Borussia Dortmund fue goleador de las Eliminatorias Sudamericanas defendiendo a la Celeste -con la que ganó dos veces la Copa América-, así como del Campeonato Uruguayo y de la Copa Conmebol Libertadores.

Además, se transformó en un ícono del Zaragoza, al que emigró con 18 años desde el fermental Danubio. Vistiendo aquella camiseta, Sosa conquistó la edición 1985-1986 de la Copa del Rey, que el equipo aragonés celebró en el Estadio Vicente Calderón contra el Barcelona y con un tanto suyo, frente a la atenta mirada del entonces monarca Juan Carlos I.

Dueño de una calidad técnica notable, de una capacidad de sorpresa infrecuente, de una pegada inmisericorde y de una velocidad digna de fenómenos de la naturaleza tan raros como Claudio Caniggia, fue distinguido como el mejor jugador de la Copa América 1989, disputó el Mundial de 1990 dirigido por Óscar Washington Tabárez, obtuvo la Bundesliga y la Copa de la UEFA, y salió tres veces Campeón Uruguayo.

Hoy, con 55 años recién cumplidos y aún vinculado a la pedagogía con los más jóvenes, a Nacional y a una visión del fútbol y de la vida en la que la sonrisa es un gesto franco y cabal, Rubén Sosa Ardaiz (Montevideo, 1966) tiene tiempo para hablar profundamente de su carrera, de sus valores y de los amigos que le han permitido llegar a ser lo que es: una de las estrellas más queridas que el fútbol uruguayo ha dado en las últimas décadas.

-¿De qué manera afectó su rutina, pero sobre todo su ánimo, la pandemia que todavía padece gran parte de la humanidad? 

-El coronavirus atacó al mundo y nos cambió la vida, en el sentido de que nos quedamos más en casa, de que no vemos a nuestros hermanos y a nuestros amigos, y de que debemos cuidar más a la familia. Pero a mí también me ha servido para pensar en lo que he hecho y en lo que me falta por hacer.

Hay enfermedades que vos no podés controlar si te tocan. Así que, cuando reflexionás sobre eso, te das cuenta de que tenés que vivir el día a día y disfrutarlo con la gente que querés. En este mundo nadie te garantiza que puedas programar nada. “El año que viene quiero hacer esto” no corre más. Así que hay que levantarse y ser feliz. En el caso mío, por ejemplo, a través de mi escuelita de fútbol.

De todas maneras, te diría que la alegría no cambió. Pero todo esto me dio miedo, porque recuerdo que al principio me lavaba tres veces las manos, me sacaba los zapatos, mi vieja me hacía una cacerola con eucaliptus… qué sé yo (risas). 

-Hablemos un poco de fútbol. ¿A qué jugadores de la selección y de Nacional usted ayudó a desarrollar desde jóvenes?

-A varios, y uno es Luis Suárez, que vino desde muy chiquito a Nacional y se fue rápido. Hubo muchos que, teniendo condiciones iguales o superiores a él, no aprovecharon el momento o tuvieron problemas de conducta. En cambio, Suárez mejoró muchísimo técnicamente, gracias a todo lo que trabajó después de cada entrenamiento.

-“La confianza que Rubén Sosa tenía en sí mismo cada vez que le pegaba a la pelota era espectacular, y su zurda era admirable”, declaró Suárez en el libro “Desde adentro: Uruguay Mundial”. ¿Qué sintió usted cuando entendió quién era el Suárez idolatrado en España y en la selección uruguaya?

-Mucha alegría, pero más que nada por el Suárez humano que siempre entrenaba y que se quedaba con una bolsa de pelotas en la cancha 3 a trabajar. Me da felicidad el lugar al que ha llegado, porque es una persona excelente, de familia, y un gran profesional. Y a pesar de que nosotros lo entrenábamos, él logró convertirse en Suárez con su trabajo, su capacidad, su fuerza interior y su fe permanente en la posibilidad de mejorar.

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-Hablemos de otros cracks con los que usted jugó en aquella selección de 1990 repleta de talento: Alzamendi, Francescoli y Rubén Paz.

-Este país es milagroso, porque de cada diez niños ocho saben jugar al fútbol. Entonces, puede volver a haber fenómenos como ellos, pero es difícil. A Enzo lo definiría como un gran jugador, un gran capitán y una gran persona.

“Vos dámela y que me peguen, dámela que invento algo”: él llevaba adelante el equipo. Antonio era un personaje parecido a mí, porque no se daba cuenta en dónde estaba, hacía goles increíbles y encima tenía una velocidad parecida a la mía. Creo que recién cuando dejamos el fútbol nos dimos cuenta de lo que hicimos (risas). Ahora, con 54 años, veo las jugadas y pienso: “Pah, ¡qué goles que hice, fui un fenómeno!”. ¡Pero no me daba cuenta cuando jugaba! (risas).

-Cuando jugaba, ¿no era consciente de eso?

-¡No! Yo me divertía: era un niño en la cancha. Y Antonio era parecido. En cambio, el “Cabecita” Paz era un “10” de los típicos de antes, técnicamente excelente, que la ponía donde quería, con un dribbling muy bueno. Rubén es una muy buena persona y un futbolista que, además de haber dado todo, tenía magia.

-Qué lindo. Dígame una cosa: el Tabárez que los dirigió a ustedes, ¿era mejor que el actual y peor que el de Sudáfrica 2010? 

-El Tabárez de ahora aprendió, y por eso le queda bien la palabra “maestro”. Yo creo que aprende día a día y que no descansa, aunque no por eso te voy a decir que esta es su mejor versión. Pienso que un cambio fundamental fue que en 1990 hicimos una gira previa de partidos amistosos contra selecciones de primer nivel que fueron muy exigentes. Entonces, nos cansamos mucho física y mentalmente, y sentimos que el Mundial duró dos meses. Por eso en 2010 el maestro fue una semana antes a Sudáfrica. Y Uruguay salió cuarto.

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-Pasando al plano internacional, ¿cómo fue ser compañero de delantera de un jugador tan exquisito como Dennis Bergkamp?

-Mirá, Dennis era un chico muy cerrado, un holandés típico, con una técnica bárbara, que vino muy jovencito al Inter. Era muy tímido, no se reía, y cuando festejaba apenas abría los brazos, mientras que yo hacía un festejo a toda alegría con “el avión” (risas). Pero era un campeón, no era fácil sacársela y, así como podía errar un mano a mano, hacía un gol increíble o salía de dos o tres marcas con gran facilidad. Fue un jugador estupendo.

-¿Cómo fue para usted, que emigró siendo muy joven, la diferencia entre los ambientes de España, Alemania, Uruguay e Italia?

-Yo nunca pensé que iba a viajar tanto, y la verdad es que lo que quería era jugar al fútbol, así fuera en la Luna (risas). Si me iba a Inglaterra, aprendía inglés, pero me daba igual. ¡Hasta a China fui un año! Pero lo que yo quería era jugar y de alguna manera ser un embajador del fútbol uruguayo, que es lo que siempre sentí, porque si andaba bien la gente podía conocer más Uruguay.

Recuerdo que cuando llegué al Zaragoza me decían “paraguayo” y no sabían demasiado dónde quedaba mi país: conocían Paraguay, Argentina y Brasil. Y yo contestaba: “No, no, uruguayo, estás equivocado”.  Así que el fútbol me ha permitido conocer países inimaginables, y los disfruté al máximo. Pero no me importaba si la gente hablaba japonés o alemán: lo que quería era que me vieran jugar, que me aplaudieran y que pensaran: “Pah, ¡cómo le pega este muchacho!” (risas).

-¿Le hacía sentir mucha responsabilidad el hecho de ser un embajador?

-Sí. Pero siempre quise ser jugador de fútbol y, si bien era pesado ser un embajador, también sabía que mis piernitas iban a responder. Yo jugaba contra el Nápoli de Diego Maradona y le quería ganar.

-Pero ¿qué diferencia hay en la manera en que cada pueblo que usted conoció vive el fútbol?

-Todos son totalmente distintos. A España llegué con apenas 18 años y jugué contra cracks como Hugo Sánchez y Emilio Butragueño. Para darte una idea, en la liga española el goleador te hacía 35 goles por año, pero en Italia solo hacía 15. Significa que el fútbol italiano vivía un boom y era muy difícil.

En Alemania, en cambio, el fútbol era más físico, y me acuerdo de que, a pesar de que viajábamos mil kilómetros, de repente la parte de atrás del arco estaba llena de hinchas que en esa ciudad tenía el Borussia Dortmund. Pero si te tuviera que decir cuál fue la hinchada que más disfruté de Europa, diría que la de la Lazio, donde viví cuatro años espectaculares, y donde la gente es fanática del fútbol y te recuerda por el resto de su vida.

-¿Y cómo se sintió, ya en Uruguay, ganando el Campeonato Uruguayo de 1998 con Nacional sin finales, después de que Peñarol hubiera sido tan exitoso durante el famoso quinquenio?

-Nosotros cortamos un posible sexenio. Creo que, con la llegada de Esteban Gesto y con el plantel que armó el Hugo de León, explotamos. En 1998 empezó el empuje que Nacional vive hasta hoy. Y mirá que empezamos perdiendo varios partidos. Pero después comenzamos a ganar y no paramos.

La verdad es que el plantel era bárbaro, y estaba conformado por buenos amigos y buenos compañeros. Además, el cuerpo técnico nos apoyó en todo momento, y los dirigentes eran espectaculares, empezando por el presidente, Dante Iocco. De alguna manera se formó una familia.

-¿Qué es Danubio su corazón?

-Es mi barrio, es un sentimiento de niño, es el club que me crio y que me hizo despegar. Pero fundamentalmente es mi barrio.

-¿Qué es un amigo?

-Una persona que está siempre, en las buenas y en las malas, y que te llama cada tres días a ver cómo estás, no cada tanto. 

-¿Quiénes son sus grandes amigos?

-Mirá, yo tengo tres amigos que están siempre: Pepe Herrera, Javier Zeoli y el “Tano” Gutiérrez. Con el “Tano” jugamos juntos en la Lazio, nos hicimos muy amigos nosotros y nuestras familias, y está presente cada vez que pasa algo.

-¿Y qué importancia tuvo Francisco Casal en su vida?

-Una importancia muy grande. Yo lo conocí en Zaragoza, y recuerdo verlo llegar con esta pinta: un tipo petisito, con cadenas de oro y con un cerquillo típico (risas). Él me dijo: “Te quiero llevar para Italia”. Así que lo conocí bien, nos hicimos amigos enseguida, y la verdad es que me cuidó mucho y aún hoy me cuida.

Paco tiene mucha calle, como yo, pero yo aprendí mucho de él. Cuando iba a ver a algunos jugadores, se quedaba en un hotel. Pero cuando me venía a ver a mí, se quedaba en mi casa. De repente no nos veíamos mucho, aunque siempre, nos viéramos poco o mucho, en Montevideo o en Roma, la pasamos bien y nos cagamos de la risa. ¿Qué te puedo decir? Es un hermano mayor, y yo creo que me va a cuidar toda la vida.

-Entonces solo queda aclarar una cosa. ¿Quién es Rubén Sosa?

-Un tipo normal, con mucha alegría, al que no le gustan la tristeza ni los problemas, que vive el día a día feliz, y que valora esa misma felicidad también en las personas que lo acompañan.

Pablo Cohen

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Entrevista a Rubén Sosa, el talento con forma de sonrisa, por Pablo Cohen

Categoría: JugadoresNoticiasSosa
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